A Picasso, hasta los que le detestan, le soportan, porque nunca usa el talento. Sólo usa el genio. Sus obras nunca son pensamientos. Son actos”.

Jean Cocteau

 

Hace algunos años, un alumno[1] de la universidad me pidió que fuese su asesor de tesis. Había escogido como tema de investigación los programas cómicos de los ochenta y una de sus entrevistadas era la actriz y vedette argentina Leontina Laiz. “Ser vedette significa actuar, cantar y bailar, y aquí las chicas solo bailan con el pie izquierdo. De cualquier modo no podrían bailar porque no tienen una coreografía.” Leontina Laiz gobernaba las alturas de Lima desde un cobertizo abismal sobre el jirón Lampa, en el antiguo hotel Astur. Con ella había conversado muy pocas veces, y si lo hice fue siempre con admiración y respeto. Como una sobreviviente de esa otra historia del teatro del que pocos conocían o se interesaban. “Tenía cinco años de edad cuando mi padre, que era actor, me llevó a un café allá en la calle Corrientes en Argentina donde estaba Gardel. Me lo presentó. Recuerdo que me dijo: “Qué bonita piba”, luego me dio una moneda y se fue.” Al pie de su cama, tenía las fotos de sus padres ya fallecidos y la calavera de un hombre al que llama «Solo». «Era utilería de un canal de televisión. Me la regalaron. Al día siguiente pedí que se la llevaran, pero esa misma noche vi al hombre en sueños. Pedí que me la regresaran y Solo me acompaña desde entonces«. En Chile fue conocida como una de las princesas del salón Pigalle. “Yo no era ninguna improvisada cuando llegué aquí, tenía una carrera«. En Colombia pasó algunas peripecias, causadas por su empresario, que su belleza le ayudó a sortear. «Hasta me ofrecieron como dama de compañía, pero nunca acepté«, recordaba. Si se quedó en Perú –cuenta la leyenda- fue por el amor a un torero que no le pagó bien. «Un torero es sinónimo de vanidad, amigos, borracheras, palizas«, solía decir. Un día no soportó más. Y aunque en ocasiones el hombre reaparecía por ahí, ella solo lo recibió por ser padre de su hijo. Ya no le quedan cenizas por atizar. «Me da pena morirme» había dicho Leontina Laiz antes de saber que pasaría sus últimos días en la casa de reposo Virgen de Guadalupe, donde falleció olvidada víctima de un infarto, a los 82 años de edad.

Freud decía que «…un hombre como yo no puede vivir sin un caballo de batalla, una pasión que le consuma, un talento. Yo he encontrado mi talento, y es el servicio. No conozco límites. Mi talento es la psicología.» ¿Y cuál fue entonces el talento de Leontina? Al talento se le define como una aptitud o conjunto de aptitudes o destrezas sobresalientes, respecto de un grupo, para realizar una tarea determinada en forma exitosa. ¿Qué pasó con ella y con su talento? Se la fue comiendo el hambre y la miseria de la televisión de esos años. Porque la verdad solo la llamaban para hacer mofa de su aspecto, de su vejez grotesca, o incluso para demostrar públicamente que ya no servía ni a su hijo, ni al sensacionalismo, ni a su soledad.

Dicen que la cantante más popular del Valle del Mantaro no aceptaba que le sirvieran medio vaso de cerveza porque se ofendía. Dicen que obligada por la pobreza se prostituía. La prensa también decía que amaba el placer y odiaba a los hombres. Que era soberbia y miserable, y que su vida oculta era un huayno hecho para llorar. Flor Pucarina, siendo aún adolescente todavía, anidó en su voz una belleza insuperable. Por eso, se convirtió en la voz infaltable de las cantinas, en la preferida de los desesperados. Datos de su adolescencia y juventud no se conocen mucho; pero se empleó como trabajadora de hogar en el Callao. Lo exacto es que vendió verduras en La Parada y trabajó de costurera para algunas familias limeñas. Inicialmente, aseguran, le gustaba interpretar canciones de género ranchero en algunas radios locales. Sus mayores triunfos fueron en los escenarios abiertos, en los coliseos, en los campos deportivos. Cuando no actuaba, permanecía encerrada en su casa de la avenida México jugando con sus cinco perros, su gata y su loro. Sobre un tabladillo de maderas viejas y fierros oxidados Flor Pucarina cantaba borracha. ¿Era ese su talento? Algo así como la alegoría “Un artista del hambre[2] de Franz Kafka, donde el protagonista era un hombre que se encerraba en una jaula como espectáculo de feria para demostrar su capacidad de ayunar. ¿Verla cantar borracha era un mandamiento en su religión libertina[3]? “Sin trago no hacía nada”, dice su compositor y amigo Paulino Torres Torres. “Llevaba una vida tormentosa. Después de cantar, bajaba y al muchacho que le echaba ojo se lo llevaba al hotel.” Volviendo al cuento de Kafka, la actuación del artista del hambre es óptima cuando nadie le observa, cuando es olvidado por el público y cuando él mismo olvida los plazos, el calendario, la competición, un mensaje sobre el arte en todos los tiempos. Así finalmente la Flor Pucarina consagrada definitivamente en su medio, hizo un último recital en el Teatro Municipal, que la recibió apoteósicamente, colmado por un público mayoritariamente provinciano. El escenario fue ambientado como un bar popular, con una rockola incluida. Murió sin aplausos en la cama 116 del Hospital Rebagliati.

¿Cuando se acaba -si se acaba- o se agota el talento de cada uno? ¿Esto sucede acaso solo por efecto de la vejez? La vejez[4] es un proceso individual que se vive en un contexto y en una sociabilidad determinada. No es lo mismo ser un hombre anciano que una mujer anciana, no es lo mismo tener recursos económicos o no tenerlos, tener o no tener acceso a la cultura… A diario vemos como afamados músicos ancianos ya no pulsan las cuerdas con su habitual destreza e incluso llegan a desafinar. Y son conscientes de eso, y lo sufren. Así mismo, cada vez son más frecuentes los actores que no pueden ocultar más su eterno terror al blanco en escena que se les ha vuelto además recurrente, y olvidan la letra con frecuencia, así como otros artistas, que se quedan dormidos detrás de los telones o entre cajas. La vejez – decía Moravia- es una enfermedad como cualquier otra en la cual al final uno se muere irremisiblemente.

¿Es acaso solo un problema de vejez? Pienso en “Ginger e Fred” (1986) la película de Fellini sobre dos viejos actores de varieté que parecieran no calzar con los nuevos tiempos. ¿Y no son acaso los nuevos tiempos quienes no dan espacio ni atención, a aquellos que aún nos hacen apreciar la imperceptible belleza del existir?

La humillación, la última novela de Philip Roth[5], tiene un comienzo poco alentador: “Había perdido la magia. El impulso estaba agotado. Jamás había fracasado en el teatro, todo cuanto emprendiera tuvo fuerza y éxito, y entonces sucedió lo terrible: no podía actuar. Salir a escena era un sufrimiento. En vez de tener la certeza de que estaría espléndido, sabía que iba a fracasar. Le ocurrió tres veces seguidas, y la última vez nadie estaba interesado, nadie acudió. No podía llegar al público. Su talento estaba muerto”. Estas son las primeras líneas del declive artístico del actor Simon Axler, un tipo mayor cuya grandeza ha quedado en el pasado. Axler está ahora hundido en una crisis sin salida –ha perdido el poder de convencimiento en el escenario, y esta pérdida será el punto de partida de otras pérdidas aún más alarmantes– y los fantasmas de la vejez, del deterioro físico (y mental) lo van conduciendo poco a poco a una confrontación con la muerte. En enero del 2015, Eduardo Cesti, el actor peruano más conocido por su personaje de televisión Gamboa, regresó a las tablas con la obra “El rey de las azoteas” obra inspirada al texto homónimo de Julio Ramón Ribeyro, y de ahí nunca más fue llamado. ¿Acaso por su diabetes que le amputó una pierna y lo obliga a andar en silla de ruedas, o por su pasado de actor difícil? En su difícil andar por la vida, habrá perdido Eduardo Cesti su talento?

Leontina Laiz, Flor Pucarina, Eduardo Cesti al igual que otros tantos artistas con talento en nuestro país, fueron y son aún en muchos casos, utilizados por un sistema, el nuestro, que luego los abandonó a su suerte.

 

[1] ROBERTO VALENZUELA, La actriz olvidada, UPC 2003

[2]Ein Hungerkünstler”es un relato corto que Franz Kafka publicó en la revista literaria Die neue Rundschau en 1922. El cuento también se incluyó en el último libro que Kafka preparó y que fue publicado por la editorial Die Schmiede después de la muerte del escritor.

[3] DANIEL M. CHÁVEZ, La pasión de Flor Pucarina, La República, Domingo, 22 de Octubre del 2017

[4] “El joven teme esa máquina que va a atraparlo, trata a veces de defenderse a pedradas; el viejo, rechazado por ella, agotado, desnudo, no tiene más que ojos para llorar. Entre los dos la maquina gira, trituradora de hombres que se dejan triturar porque no imaginan siquiera que puedan escapar. Cuando se ha comprendido lo que es la condición de los viejos no es posible conformarse con reclamar una “política de la vejez” más generosa, una aumento de las pensiones, alojamientos sanos, ocios organizados. Todo el sistema es lo que está en juego y la reivindicación no puede sino ser radical: cambiar la vida” (BEAUVOIR, 1983: 642).

[5] LUIS FERNANDO CHARRY, Cuando el talento muere, http://www.revistaarcadia.com/opinion/critica/articulo/cuando-talento-muere/22332

Summary
La agonía del talento
La agonía del talento
¿Cuando se acaba -si se acaba- o se agota el talento de cada uno? ¿Esto sucede acaso solo por efecto de la vejez? A través de la vida de tres artistas de nuestro medio haremos un acercamiento de cómo influye la sociedad en torno a la vejez cuando se envejece.
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