Resumen

Deconstruir las culturas nacionales, deshacer la ideología de la patria resulta, hoy por hoy, una tarea urgente y necesaria. Enfatizaré que la política de lo Uno, de la homogeneidad humana (cifrada en las reivindicaciones de la identidad nacional) tienden a clausurar el impulso a la apertura que insiste en cada uno de nosotros. En ese sentido, desde el pensamiento posfundacional y poscolonial abrazamos una política de la heterogeneidad, de lo imposible, sin garantías de producir una comunidad fraterna y realizada.

A diferencia de las reivindicaciones utópicas del nacionalismo universalista, la política de heterogeneidad nunca puede aspirar al premio de encontrar una fórmula única que sirva a todos los pueblos en todos los tiempos: sus soluciones son siempre estratégicas, contextuales, históricamente específicas e, inevitablemente provisionales.

Partha Chaterjee (2007: 80)

 

Hace algún tiempo asistí a una concurrida discusión de personas ‘comunes y corrientes’ en una plaza pública del “centro” de Lima. Hablaban sobre su inconformidad respecto del actual estado de cosas de la sociedad peruana. De repente, el hombre que hablaba al centro del ruedo profirió enérgico: “¡Mientras los peruanos no tengamos una identidad consolidada no habrá ninguna revolución social!”. Luego de un instante, en una periferia del círculo de gente otro hombre intentaba plantear a un par de personas lo extraño de la mención de la palabra identidad: “¿Pero qué significa identidad?”, dijo, “¿qué es lo que debe ser idéntico?”. Lamentablemente, estas interrogantes pasaron por alto para la multitud: la pregunta parecía no tener sentido en ese contexto.

No obstante, la interrogante del periférico hombre no carecía de lógica: de hecho, la palabra “identidad” tiene que ver con lo que es idéntico a sí mismo en su ser; para usar el lenguaje de Cornelius Castoriadis, alude a lo ya constituido, no a lo constituyente, es decir, no a lo que tiene la capacidad de crear nuevas formas permanentemente. Dicho de otro modo, la identidad está mucho más relacionada con el aspecto de la repetición de lo mismo: que lo que ocurre ahora sea idéntico a lo que ocurrió antes, sin mayores posibilidades de alteración en el tiempo, esto es, extrayéndose de la temporalidad. Entonces, con la noción de identidad estaríamos ante una presencia que persiste en aparecer ante nosotros bajo la misma modalidad de ser, algo que desea ser lo mismo que ha sido siempre o, como diría Slavoj Zizek, lo que siempre-ya ha sido. La cuestión de la identidad cultural, pues, no se remite al aspecto de alterabilidad de la realidad social sino a lo que se corresponde con lo que continúa, a lo que resiste ser otro. Así, al sobreconcentrarnos en el sí mismo obviamos la existencia de la alteridad como elemento desestabilizador del idem.

Si el meollo de las discusiones a las que hacía referencia líneas arriba hace alusión a la posibilidad del ser humano de transformarse a sí mismo en sociedad a través del tiempo, ¿por qué entonces se suele poner como requisito en la sociedad peruana la idea de identidad para alcanzar los ideales de libertad, equidad y justicia? Es curioso: lo que, desde esta perspectiva, estarían diciendo muchos peruanos es que para cambiar antes debemos tener la certeza de que no vamos a cambiar. Existe un miedo ante la posibilidad de dejar de ser lo que siempre se ha sido. O, mejor dicho, de creer que dejaremos de ser lo que nunca fuimos. Es que en el fondo sucede esto: nunca fuimos ni supimos que fuimos lo que creemos que debemos ser. El temor a autoalterarse como sociedad parece ser tan grande que se necesita postular la idea de que la subjetividad constituye una cerrada estructura que defiende del azar y el misterio del devenir histórico y del contacto con los otros.

Ahora deseo desplazarme del concepto –esencialista y cerrado- de identidad al –no menos problemático- de nación. Homi Bhabha y, sobre todo, Partha Chaterjee son los teóricos postcoloniales que han formulado algunas de las críticas más consistentes acerca de las articulaciones identitarias producidas por las naciones-Estado de las sociedades industriales disciplinarias modernas. Bhabha ha denunciado la ambivalencia intrínseca de la temporalidad de la nación. “En la producción de la nación como narración hay una escisión entre la temporalidad continuista, acumulativa de lo pedagógico, y la estrategia repetitiva, recursiva, de lo performativo. Es mediante este proceso de escisión que la ambivalencia conceptual de la sociedad moderna se vuelve el sitio para escribir la nación” (2002: 182). Entonces, hay en la teleología del progreso que sostiene a los discursos nacionalistas discontinuidades que fracturan el relato lineal hegemónico. Por ello, Bhabha (2000 y 2002) señala que la nación se ubica en la liminaridad de la modernidad: en ella habla la voz de la continuidad lineal de la escritura eurologocéntrica de la historia pero también se cruzan otras escrituras, otras narraciones. “Leer”, pues, los márgenes de la nación supondrá tener acceso a los deseos y a las representaciones de otros sujetos que la institucionalidad oficial ha desplazado en su afán de borrar las huellas de la diferencia cultural. En el Perú del siglo XXI, habrá que apostar por deconstruir lo nacional desde sus márgenes ya no solo desde la literatura y el arte sino también desde la política y la educación.

Por otro lado, Partha Chatterjee (2007) se ha propuesto cuestionar la forma en que Benedict Anderson (1993: 43-62) conceptualiza la temporalidad de la nación. En Comunidades imaginadas, Anderson sostiene que por medio del “capitalismo impreso”, sobre todo a través de la novela y la prensa, es posible imaginar la nación en un entramado temporal homogéneo y vacío. Este tiempo correspondería al tiempo de la modernidad capitalista. Sin embargo, de acuerdo con Chaterjee, la visión de Anderson sobre el tiempo de la nación sería aún demasiado rígida y uniformizante. Así, lo que estaría detrás de la visión de Anderson es una concepción de la sociedad en la que la imaginación de los sujetos es plenamente colonizada por el imaginario capitalista. Una vez puestos en marcha los dispositivos de poder del discurso universalista de la nación, difícilmente los sujetos podrían sustraerse a su lógica de homogeneización. Por más que sepamos que dicha homogeneidad constituye “tan solo” una ficción simbólica, su carácter sería omnímodo y la sociedad que la circunda se perdería en un horizonte heterónomo.

Asimismo, el problema que Chatterjee encuentra a esta argumentación tiene que ver no con la oposición entre la temporalidad moderna y las temporalidades no modernas. Más bien, enfatiza la heterogeneidad de tiempos y espacios sociales al interior de la propia modernidad. En este sentido, entendería el carácter heterogéneo de las prácticas sociales que intentan performar lo moderno desde su particular locus de enunciación. De esta suerte, la limitación de Anderson residiría en creer que el encuentro de los grupos no occidentales con el imaginario de la modernidad no ha supuesto la producción de otras temporalidades, las resultantes de las tensiones de las negociaciones entre lo metropolitano y lo periférico, lo hegemónico y lo subalterno, la totalidad y el fragmento, lo moderno y lo “tradicional”.

Si bien Chaterjee admite la premisa fundamental de Anderson según la cual las naciones son artefactos culturales, comunidades políticas que se imaginan como inherentemente soberanas y limitadas (1993: 17-25), su problematización tiene que ver con quiénes y desde qué discursos se pone en escena tal imaginación. Por una parte, nos enfrentamos al problema de los actores sociales en juego: la producción de narrativas sobre la nación supone un campo social en el que las significaciones son objeto de conflicto entre las élites y los subalternos, pero también al interior de las propias élites y de los sectores subalternos. Por otra parte, es necesario tener en cuenta qué discursos de saber están implicados en la narración de la nación. Esto quiere decir que el campo de imaginación de la nación es un terreno inestable en el que se imbrican diversas voluntades de verdad. De este modo, el imaginar la comunidad nacional será a un mismo tiempo un terreno de batalla política y epistemológica.

En este sentido, la propuesta de Chatterjee apunta a pensar la nación no como una totalidad unificada sino más bien como la convergencia de fragmentos dispersos que van negociando de formas múltiples y complejas con centros que son reconfigurados permanentemente. Por ello, antes que hablar de EL tiempo de la nación, deberíamos hablar de los tiempos de la nación, aquellos que han sido narrados desde otros saberes, desde otras voces. En ello, radicaría la “libertad de imaginación” de la que habla Chaterjee (2007): la posibilidad de “desatar” esas otras memorias de la nación, la posibilidad de subvertir el orden instituido del discurso con la intervención de esas otras narraciones de la historia de la nación. ¿En el Perú actual, seremos capaces de deshacer ‘La Nación’ desde sus fragmentos? ¿Podremos desbordar esta persistencia del discurso de lo Uno y de la Verdad (absoluta), esto es, alejarse de las perversas exigencias de esa diosa llamada Patria?

Ahora bien, al enfatizar en una poética y una política de la heterogeneidad, Chatterjee (2007) no construye una posición en la que se filtre una visión romántica de los actores sociales subalternos ni sobre la diversidad humana. Esto significa que no hay una suerte de esencialidad de los grupos subalternos que garantice las posibilidades de emancipación de una sociedad atravesada por la dominación y la subordinación. La apuesta política de Chatterjee no tiene que ver con una suerte de encierro en los particularismos de las políticas de la identidad. Aspira, más bien, a la articulación de estrategias emancipatorias que se saben constreñidas por los límites del espacio y del tiempo. Así, se ingresa en un terreno en el que no se llega a tener la certeza de que los proyectos políticos de autonomía individual y colectiva vayan a tener éxito en el futuro. La existencia imaginaria de la nación no será más la posibilidad de salvación de hombres y mujeres en un mundo feliz que les devuelva a la inmemorial plenitud perdida que nunca tuvieron. La heterogeneidad de tiempos, espacios y prácticas en tanto condición de posibilidad de articulaciones políticas democráticas abre el camino para “superar” las dinámicas de “opresión” sin generar una imagen amable per se de los sujetos posicionados en algún momento y en algún lugar en la subalternidad. De hecho, dicho camino estará signado también por la incertidumbre, por el no contar con un “gran relato” que nos diga que la nación asegurará la libertad e igualdad de sus ciudadanos. Esto implica asumir el reto de repensar (y realizar) la emancipación social, intelectual y estética junto con la diferencia, vale decir, sin las garantías del mito de la identidad nacional.

Si bien el proyecto de Chatterjee apunta a desestabilizar el tiempo homogéneo de los imaginarios nacionales actualmente hegemónicos desde una “política de la heterogeneidad”, es consciente de que el reto de imaginar más allá de los universalismos abstractos occidentales es una tarea ardua en los países que han sido colonias de los imperios de Occidente (como es el caso del Perú). El desafío que nos plantea Chatterjee es, pues, cómo generar intervenciones en el espacio social que no solo supongan cambios en el campo de las representaciones culturales sino también en el campo de la gubernamentalidad. No bastará con producir una cultura conscientemente heterogénea sino también diseños estatales en los que la lógica de la heterogeneidad tenga vigencia. Pero ¿cómo producir –en el Perú y en el mundo- un Estado que abandone las interpelaciones identitarias nacionalistas? ¿No será que también se hace necesario desmontar el Estado mismo y no solo el Estado-nación?

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

 

Anderson, Benedict. (1993) Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo. México D.F.: Fondo de Cultura Económica

Bhabha, Homi. (2000) “Narrando la nación”. La invención de la nación. Lecturas de la identidad de Herder a Homi Bhabha. Álvaro Fernández Bravo (comp.). Buenos Aires: Manantial, pp. 211-219

——– (2002) “Diseminación. El tiempo, el relato y los márgenes de la nación moderna”. El lugar de la cultura. Buenos Aires: Manantial, pp. 175-209

Chatterjee, Partha. (2007) La nación en tiempo heterogéneo y otros ensayos subalternos. Lima: IEP, CLACSO, SEPHIS

 

Summary
¿Deshacer la nación?
¿Deshacer la nación?
Deconstruir las culturas nacionales, deshacer la ideología de la patria resulta, hoy por hoy, una tarea urgente y necesaria. Enfatizaré que la política de lo Uno, de la homogeneidad humana (cifrada en las reivindicaciones de la identidad nacional) tienden a clausurar el impulso a la apertura que insiste en cada uno de nosotros.
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