Cuerpo-movimiento-escena-danza-deseo-discurso-gesto-escritura… entre todo este desplazamiento no puedo de dejar de visualizar un interrogante: ¿tiene la danza una función política? Con su arte, el bailarín, ¿no toma una posición de poder y emite un discurso que puede afectar a sí mismo, a la sociedad y a la comunidad? ¿cómo toma posición quien danza? Y ¿desde qué lugar?

Michel Foucault nos recuerda que los poderes-saberes producen vida y producen subjetividad y que los cuerpos tienen en su accionar un poder en el que se juega la posibilidad de afectar y de ser afectados. Por lo tanto podríamos pensar que los cuerpos en movimiento son producciones de saberes-poderes que sin duda tienen un efecto en lo singular y en los otros.

Retomamos la idea inicial de algunos de los textos de esta columna: quien danza pone a hablar el cuerpo, por lo tanto despliega un discurso en un tiempo y espacio delimitado que tiene sus consecuencias. Quien baila deja marcada con su danza, una posición subjetiva y política.

Podemos pensar entonces ¿cómo se constituye un artista? ¿cómo se subjetiva un bailarín? ¿sobre que discurso? Porque sin duda, esto lo implica en una posición que tiene el poder de transmitir un texto y un discurso que puede interpelar todas las formas hegemónicas y dominantes de la época.

No podemos dejar de visualizar que el cuerpo de la danza es parte de un contexto que le atribuye ciertos significados y que las relaciones que ha ido estableciendo son vínculos entre el cuerpo y la sociedad, teñidos de dominaciones, luchas de poder, liberaciones, etc. Vale pensar entonces que la danza transmite en su hacer una posición ideológica que expresa valores, tradiciones, patrones estéticos, significados, representaciones, etc. Que tienen que ver con el desarrollo social y político de una comunidad.

Así, la danza es una práctica que hace frente a los ideales totalizadores, hegemónicos con ideales de cuerpos disciplinados, modelados y organizados por los poderes dominantes.

Ahora bien ¿cómo se resiste? Se hará desde sus contenidos, desde la relación espectador-bailarín, quizás desde las jerarquías o desde lo que se representa en escena? ¿cómo se mueven las estructuras dominantes a través de un cuerpo que la danza hace hablar?

Por ejemplo, históricamente, los artistas relacionados con la danza se reunían alrededor de la figura del coreógrafo o el director generándose así una distribución de roles y una jerarquía establecida por el “maestro de baile” que enseñaba los pasos pero también organizaba la escena, controlaba los cuerpos, los hacia moverse de determinadas maneras. Este maestro determinaba en cierta medida la escena y su función estaba muy ligada a la de la autoridad. Es decir que el coreógrafo seguía teniendo el poder sobre los bailarines.

Los años 70-80 trajeron la improvisación, como un elemento de ruptura de este funcionamiento. Y a lo largo de los años se han ido conmoviendo estas estructuras de poder y ha ido apareciendo un cambio de paradigma.

Los nuevos movimientos promueven un nuevo modo de asociarse, por ejemplo los colectivos de danza, y de crear espacios de colaboración, dejando de lado una única mirada con relaciones más flexibles y modos más plurales de crear, eludiendo de esta manera las figuras dominantes.

Se va instalando entonces, una construcción horizontal dentro del ámbito de la danza. Un proceso de construcción y deconstrucción de un nuevo lenguaje.

Será un desafío indagar nuevas maneras de crear, cuestionando los modos convencionales de escenificación, de comunicación con el público, haciéndolo entrar en el proceso mismo de la puesta en escena, democratizando la danza, haciéndola accesible y de esta manera que el espectador tenga un rol protagónico en la escena de la misma. También podemos pensar que la participación de disciplinas múltiples, de usos plurales del espacio, permiten develar la multiplicidad de corporalidades posibles que subvierten las categorías tradicionales de cuerpo, danza, movimiento y gesto. Interpelación inminentemente política llevada adelante por el cuerpo y su puesta en escena.

En escritos anteriores he propuesto pensar ¿de qué manera se sale de una mirada omnipresente, de códigos rígidos, del virtuosismo o de ciertos cánones de belleza como un modo justamente de crear una grieta ante tanta contundencia del Discurso?

Estamos acostumbrados a ciertos cuerpos escultóricos y a ideales de belleza que marcan un sesgo a la hora de actuar y danzar. Una belleza de cuerpos y movimientos puros, armónicos no disruptivos. Las miradas buscan proezas técnicas, cuerpos esbeltos, seducción y fascinación. ¿Quién mira un espectáculo de danza? ¿desde qué lugar lo hace? ¿Qué muestra quien es mirado? El bailarín, ¿no tendrá que bailar en definitiva la falla que lo habita? ¿no se trata de eso, acaso bailar? De poder desplegar la singularidad y la propia técnica más allá de todo “modelo a seguir”.

Vemos entonces, cómo la práctica de la danza puede ser concebida como un espacio de interpelación, de cuestionamientos a posiciones de poder.

La danza en tanto práctica subjetivante, apunta al despliegue singular de cada cuerpo. Para generar una fisura en los imperativos de poder reinante, el cuerpo del bailarín apuesta a estar de otro modo en la escena, junto a otras disciplinas, en la construcción de un espacio y tiempo fluido, libre de ataduras y designios que no hacen más que anudar sin posibilidad de movimiento.

El cuerpo toma su propio poder creando desde su  estilo e inventando otros misterios a develar. El bailarín deconstruye la realidad. Las lógicas imperantes del mundo del mercado, del mundo del espectáculo, serán conmovidas y resistidas desde el cuerpo mismo de la danza.

 

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