“La reproductibilidad técnica de la obra de arte transforma el comportamiento de las masas con el arte.” Walter Benjamin

 

Considerar la realidad política del arte, tanto lo político en el arte como lo artístico en la política, en su problemática misma ha sido un tema complejo, extenso y no carente de discusiones. Bastante se ha dicho del carácter político del arte e, incluso, de su tarea, casi al modo de un destino. Dicho carácter tendría dos modos de presentarse: o bien nace del arte mismo, como resultado de quien realiza y lleva a cabo la obra de arte, o bien como venido de fuera, impregnando al arte de “verdadera” realidad. Esto último ha sido más que usado por regímenes, sean totalitarios o democráticos; basta recordar el uso del arte en la Alemania Nazi (y la anulación de todo arte que vaya contra el “espíritu alemán”) o el arte comunista soviético o, ya en la época del neoliberalismo, la industria del arte como reproductor de bienes culturales de consumo. El carácter político –y politizado– del arte, entonces, no es en absoluto un tema de poca monta. En este texto deseo sostener la idea de que el arte es político en dos formas: i) en cuanto acaece en el mundo social y, posteriormente, político, y ii) porque su reproducción se da por seres implicados de y en política. A su vez, mi intención es mostrar que toda vez que el arte se supedita a la política, sea partidaria, ideológica o llanamente en general, trastoca su propia naturaleza poiética y se vuelve en instrumento de dominio o, peor aún, de vanagloria individual. Debo advertir que este texto no pretende resolver este problema sino solamente marcar una línea que nos guiará a lo largo de las demás entregas. Es un modo de presentación.

1.

El arte ha sido desde los tiempos de la antigua Grecia una destreza (téchne) que tiene pretensiones de belleza o que simplemente aumente la naturaleza (physis) en lo bello (kalós). De ahí que las bellas artes sean escultura, música, pintura, poética y sus formas literarias, pero también la guerra, el desarrollo del hombre libre en el agón, y el uso de la palabra en el ágora. Ciertamente el griego que más insistió en la importancia del arte en clave política (en cuanto injiere en la vida de la polis) fue Aristóteles. El valor, por poner un mínimo ejemplo, de la catarsis en el drama escenificado en el teatro se debía a su carácter paeidéico (educativo) para los ciudadanos de una polis. Aunque también su maestro, Platón, en su República, tiene mucho qué decir de los músicos y poetas. La idea aquí es que el arte en cuanto reproducción (poesis) hecha por ciudadanos libres que tratan de alcanzar una excelencia (areté) en la técnica (téchne) de lo bello (kalós) no podía estar separado de la sociedad ni de la polis. Esto debido a que el actor social –para colocarlo en clave sociológica contemporánea- no se debía a sí mismo como individuo en absoluto. Ya Werner Jäger en la primera mitad del siglo XX apuntaba a la idea de la paidea o educación griega como modo de inserción en las prácticas sociales y que un individuo se debía más a su comunidad que a méritos exclusivamente personales. Bajo esa misma línea transitan filósofos como Habermas, Dewey, MacIntyre, el último Foucault, Honneth, Taylor, etc. Pero quizá sean Walter Benjamin, en su La obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica (1936), y Theodor Adorno, en su Teoría estética (1970), quienes en el siglo XX pusieron al arte en una clave política bastante interesante.

 

No cabe duda, pues, que el arte ha sido el desarrollo de individuos en productos visibles que tratan de mostrar una realidad invisible. Para Adorno el arte era el modo político de escapar de la política de control de masas pero que además trascendía a la política por mostrar aquello que los ojos no podían ver. El individuo, jamás carente de intencionalidad, desea mostrar su propia concepción del mundo, en un intento de manifestar un poco lo Real, usando su imaginación, en un simbolismo que pretende exponer belleza, esto es, algo que tiene tal excelencia que conjuga una serie de emociones, recuerdos y la experiencia in situ al admirar la obra de arte ofrecida. Además, este individuo ha desarrollado sus habilidades de reproducción no sin antes haber sido educado y formado en una sociedad desde la cual construye, nunca de modo solipsisita, su propia razón individual. Es gracias a esta “razón social”, es decir, el cúmulo de prácticas sociales que se transmiten en las diversas esferas sociales y espacios del campo social y que se institucionalizan, que los individuos nos hacemos quienes somos. Ese gran Otro es responsable de quien somos, de nuestro propio Yo y de quién de última es el otro. Si a esta idea de que los individuos se educan para ingresar en los modos de producción de vida social le sumamos otra concepción no desligada de esta, a saber: que el culmen de este proceso es la vida en común y la participación a diversas escalas de lo público y de la opinión pública (idea que va de Aristóteles pasando por Rousseau hasta llegar a Hannah Arendt), entonces podemos afirmar que nuestro destino como seres humanos es lo político.

 

Así, el individuo que hace arte no está de ninguna manera exento de la política, sea en su desarrollo paidéico, sea en su destino político. En este sentido el carácter político del arte deviene por quien hace la obra de arte, por quien la forma (Bildung), la reproduce (Wiedergabe) y la pone en acto (spielen). Sin pretender entrar exhaustivamente en el tema de la esencia de la obra de arte (tema tratado por Heidegger en dos artículos de su Holzwege), podemos decir que la obra de arte es en cuanto es producida por el artista y este es artista porque produce una obra de arte. Ese carácter circular, sea en términos dialécticos hegelianos o en hermenéuticos gadamerianos, signa la complementariedad en su origen mismo: el arte no se desliga en su esencia de su reproductor ni viceversa. Sin embargo, en su ponerse en obra (spielen) el arte trasciende su esencia mancomunada y se instalada en el campo social, el cual es político en muchos espacios. Pensemos en la importancia del arte en Grecia y Roma antiguas, en el medioevo, en el Renacimiento, en la Ilustración, en el vanguardismo del siglo pasado, en los modos digitales que ahora tiene el arte rompiendo incluso con lo táctil tradicional del arte; en todos esos casos el arte ha tenido, con o sin la intención de su autor, una importancia política. Se comprende esto solo en clave de lo que venimos argumentando: si la esencia de la obra arte está unida a la esencia del artista, pues dependen circularmente, entonces el arte, como bisagra de unión entre ambos seres, trasciende dicho origen y toma independencia incluso de la misma obra de arte cuando esta se ha instalado en el mundo social.

 

Por lo tanto, el carácter político del arte se halla en su encarnación fáctica: obra de arte y artista. Empero, el arte no es político. En su obra Conditions (1998), Alain Badiou expone las condiciones de la filosofía: el matema, el poema, la política y el amor (luego agregará al psicoanálisis como quinta condición). Esas mismas las retoma en un pequeño libro titulado Manifiesto por la filosofía del año 1989. En dicho texto el filósofo comunista francés dice que la filosofía ha tenido etapas en las que ha sido “capturada” por sus condiciones: el cientificismo (positivismo), la politización (marxismo soviético), el romanticismo vacuo y el esteticismo (Nietzsche, Heidegger, Adorno). Para Badiou las condiciones de la filosofía son su comienzo y en tanto tal la condicionan para establecer conceptos sobre las verdades que estas condiciones “operativo-temporales” producen en sus acontecimientos. La filosofía no produce verdades, sino que se ocupa de la Verdad, de captar la Verdad en las verdades de sus condiciones. Por esto, cuando la filosofía abandona la búsqueda del vacío en el sentido que ofrecen las verdades de las condiciones y se amalgama a ellas, termina trastocándose y trastocando a la condición a la que se fusiona. Mutatis mutandis podemos hablar del arte en cuanto poema –en términos de Badiou. Si el poema es absorbido por otro de los procedimientos de producción de verdades, perderá su propio quehacer de sentido en el acontecimiento que ella misma se eventualiza. Para tomar el mismo ejemplo de Badiou respecto a la política: el marxismo. Así como hubo un tiempo en la segunda mitad del siglo pasado en que la filosofía era marxismo y este absorbió todo quehacer filosófico, a tal punto que todas las ramas de la filosofía eran materalismo dialéctico, del mismo modo el arte fue capturado por el comunismo soviético y usado como “verdadera herramienta” del pueblo y la revolución. De ese modo, el carácter político del arte es neutralizado para dar paso solo a un acto político sin más usando de fachada el arte. En otras palabras: el arte cuando es usado para otro fin que no es el de su reproducción estética, deja de ser arte. Esto si aceptamos las premisas que asentamos al principio. Por lo que el acontecimiento que el arte capta y reproduce en verdades visuales y auditivas quedan eliminadas porque son capturadas por motivos externos a la propia captación de estas verdades, pues la politización del arte termina por intentar, de modo además poco exitoso, revelar verdades políticas en verdades artísticas. Véase aquí una sutileza: es posible, como dijimos, que el arte, en su carácter político devenido por su esencia encarnada, sea político, pero no que es político ni que su fin intrínseco sea político, pues el arte como tal, incluso en la obra de arte misma, trasciende esa realidad, ya que lo político es tan solo una característica más constituyente de su ser. Más aún, las verdades que produciría la política en su captación eventual se verían anuladas por forzar al arte a develar lo que ella misma debería hacerlo por sus propios medios. Distinto es que la política se revele en el arte y el arte en la política.

2.

La poeta uruguaya Ida Vitale ha estado en contra de la idea de lo que comúnmente se conoce como “escritor/artista comprometido”. Ciertamente pensaba en Benedetti. Pero también en todo aquel que usase la poesía y el poema como un medio para panfletear política. Para ella la palabra, que es el núcleo de la poesía, está siempre en movimiento, transita en sí misma, en sus significados, y transmuta a nuevos significados. La errancia –o el nomadismo- de la poesía no puede jamás comprometerse con una ideología política. Vitale asume que en el hacer del poeta las palabras cambian, mutan, se mueven de tal manera que fijarlas se vuelve imposible –incluso hay palabras que se gastan y no sirven hasta un nuevo movimiento. Esto debido a que ya sea porque el/la poeta impregne tonalidades en su poesía o ya sea por el lector que transmutará los significados de la misma poesía. A mi juicio la visión de Vitale es muy idílica o, incluso, hasta romántica. Empero, atina en mostrar que el carácter político del arte, en este caso de la poesía, no puede forzarse para responder a la política y desde ahí revelar verdades políticas. Queda en el campo del lector ese movimiento que puede llegar a ser político. Ahí el compromiso de Vitale. Incluso, no es una poeta exenta de pensar en política o de la tarea de la literatura en la política. En una entrevista en julio de 2016 para una web mexicana afirmó que le “abruma” y hasta le “indigna saber que hay responsables” en la pérdida de la literatura como medio de transformación político-social, donde no solo habla de los políticos que empiezan a desunir Europa (quizá pensando en el Brexit) sino también de las minorías cultas que cada vez exigen menos para hacer literatura y que han teñido a esta de excesivas “ajenidades” como de sociología (https://goo.gl/PbqowB). Por lo que, es posible dejar al arte, en este caso a la poesía, en su propio hacerse nómade sin que por ello el carácter político esté ausente.

 

Otro ejemplo de captura del arte por la política se viene dando desde hace más de dos décadas a través de la industria cultural. Ahí el arte es usado por el neoliberalismo para reproducir modos de comprensión de la política, la sociedad, la vida, etc., pero para aumentar –ciertamente- sus ventas. La máquina global de reproducción del arte no es de la que hablaba Walter Benjamin. Ahora es una máquina de dominio más próxima a la que veían Adorno y Horckheimer, o incluso Aldous Huxley. Si por un lado la propaganda soviética se hacía para mantener a un pueblo con una conciencia de que todo iba bien en el Este y todo mal en Occidente, ahora este último ha instalado a nivel mundial por medio de la “cultura” los valores libertarios de un mercado que debe abrirse camino a como dé lugar mostrando formas sutiles de poder que ni los soviéticos hubiesen imaginado. El despliegue de este arte que solo desea vender y ganar dinero en la televisión, la música, el Internet, el cine, etc., opera una formación simbólica de un Otro que se vuelve cada vez más y más delusoria, acercándonos a una caverna platónica a gran escala.

 

Pero también, para volver a la idea del “escritor/artista comprometido”, hay muchos artistas que, aferrándose a la política correcta de moda, usan sus escritos, sus cuadros, sus diseños, etc., no para mostrar simplemente un desacuerdo con las clases dominantes o para hacer memoria de dictaduras o crear conciencia para la resistencia ante una sociedad que nos lleva a un cansancio extremo –como genialmente apunta en un pequeño texto el filósofo Byung-Chul Han: La sociedad del cansancio– sino para mostrarse a ellos/as mismos/as, para que reciban el aplauso general de todos por su gran compromiso por su lucha contra la corrupción/dictadura/maldad. Sin embargo, es posible que el carácter político del arte podría devenir de la conjunción realidad social-política del artista y la producción de la obra de arte, como ocurre en sendas muestras de arte plástico y montajes (donde podemos mencionar a Maya Watanabe, Gustavo Buntix, Rodrigo Quijano, etc.). Si bien la captura personal y narcisista del arte para mostrar que hay un compromiso político es lo menos “dañino”, suele ser lo más visible en las esferas sociales y en la opinión pública. Y este sería otro modo de eliminar el quehacer del arte forzando el carácter político del mismo.

 

3.

Tengamos en cuenta que el arte es sobre todo símbolo, es devenir plástico material de tonalidad y de acústica que produce verdades en símbolos que buscan sentido y en cuanto tal tiene una relación con el Otro. Lo simbólico tiene un fluir en las obras de arte y al arte como su conductor. Al instalarse la obra de arte en el campo social, esta no pasa desapercibida, porta verdades y quiere que sean captadas, sentidas, escuchadas, experimentadas. Retumba en los espacios del Otro y llega hasta nuestras propias formas de lo simbólico. Y, para decirlo con Foucault, el cuidado de sí –que creo que se refleja y se transmite en el arte- es también un cuidado de los otros. Al fin y al cabo, ¿qué es la política sino el cuidado general de todos y todas? En las siguientes entregas quisiera, en la medida de lo posible, explorar en clave psicoanalista qué relación tiene el arte y este (supuesto) carácter político con lo simbólico y el Otro. Por ahora dejo sentada las bases de una comprensión de cierta relación entre el arte y lo político, entre los productores de arte y los receptores de arte; qué nos hacemos con el arte, qué crea en el mundo social, cómo nos afecta, y por qué nos da qué pensar.

 

Summary
¿Cuál símbolo? Esbozo sobre el carácter político del arte
¿Cuál símbolo? Esbozo sobre el carácter político del arte
En este texto deseo sostener la idea de que el arte es político en dos formas: i) en cuanto acaece en el mundo social y, posteriormente, político, y ii) porque su reproducción se da por seres implicados de y en política. A su vez, mi intención es mostrar que toda vez que el arte se supedita a la política, sea partidaria, ideológica o llanamente en general, trastoca su propia naturaleza poiética y se vuelve en instrumento de dominio o, peor aún, de vanagloria individual.