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Categoría: sociedad y actualidad

¿Cuál símbolo? Esbozo sobre el carácter político del arte

Considerar la realidad política del arte, tanto lo político en el arte como lo artístico en la política, en su problemática misma ha sido un tema complejo, extenso y no carente de discusiones. Bastante se ha dicho del carácter político del arte e, incluso, de su tarea, casi al modo de un destino. Dicho carácter tendría dos modos de presentarse: o bien nace del arte mismo, como resultado de quien realiza y lleva a cabo la obra de arte, o bien como venido de fuera, impregnando al arte de “verdadera” realidad. Esto último ha sido más que usado por regímenes, sean totalitarios o democráticos; basta recordar el uso del arte en la Alemania Nazi (y la anulación de todo arte que vaya contra el “espíritu alemán”) o el arte comunista soviético o, ya en la época del neoliberalismo, la industria del arte como reproductor de bienes culturales de consumo. El carácter político –y politizado– del arte, entonces, no es en absoluto un tema de poca monta. En este texto deseo sostener la idea de que el arte es político en dos formas: i) en cuanto acaece en el mundo social y, posteriormente, político, y ii) porque su reproducción se da por seres implicados de y en política.

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La ficción, el amor y la muerte* (2 parte)

Quizás, la seducción última que ejerce el teatro, resida en que los actores encarnan la figura de la Muerte: con el aspecto inmóvil que otorga la fijeza de sus máscaras y/o caras maquilladas, se sitúan simultáneamente como cuerpos vivos y muertos.
De modo que, la “vitalidad excesiva” de las escenas teatrales, resultan durante el tiempo de su transcurrir, un intento de estetizar y denegar el malestar que genera la muerte.

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Devenir-niño*

El niño, así como el filósofo, nos presenta la dimensión de apertura de la vida, un nuevo inicio se abre con cada pregunta que ambos: filosofo y niño producen. La infancia es apertura hacia lo nuevo, hacia lo que aun no tiene nombre, y en ese asombro empieza a rodar la vida, el deseo y la ilusión. No sin angustia iniciamos el relato, balbuceando una lengua extraña, que nos resuena en el cuerpo con sus partículas sonoras, aun indescifrables.

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