Qué duda cabe de que el sexo y la sexualidad son hoy por hoy tópicos políticos y sociales. Clásicamente fue Freud quien abre la caja de la sexualidad para ubicarla orbitando el centro de nuestra existencia, tanto individual como colectiva. Es por la sublimación que los impulsos sexuales son encaminados a su regularidad y normatividad. Las pulsiones sexuales son orientadas por medio de la educación, con sus dispositivos y discursos que transitan en el entramado social, esto es, por medio de una moral práctica específica. Dichas prácticas sublimatorias para el encausamiento de las pulsiones sexuales: prácticas masturbatorias –en los varones– o proyecciones de fantasmas futuros –en las mujeres– eran los modos en que esta educación –que el niño Freud conoció bien como “producto” de la era victoriana– podía asegurar el comportamiento deseado de los hombres y mujeres en la sociedad moderna, o sea el establecimiento de un orden social.

Esta experiencia no nos es ajena. Si bien no asistimos a la educación victoriana del niño Freud de la segunda mitad del siglo XIX, percibimos socialmente que la sexualidad no ha salido del todo de los parámetros sublimatorios según cierta moral práctica. Para Freud, en su texto La moral sexual civilizada y la enfermedad nerviosa de los tiempos modernos (1908), el crecimiento de la “enfermedad nerviosa” se debía a esta moral práctica de represión de las pulsiones sexuales. Aquello que se conocía como histeria o represión eran patologías sociales que se debían a la restricción de las libertades sexuales –las cuales eran un indicativo de “salud social” para Freud (p. 160). Por lo que bien podríamos concluir por el momento que la represión de la sexualidad desemboca en “enfermedades nerviosas” y crecen estas –pues se diagnostican en varios individuos– gracias a una educación y moral práctica represivas.

Dicho esto, quisiera tomar un ejemplo bastante reciente dentro del campo artístico local de Perú. La artista plástica Wynnie Mynerva (Lima, 1992) –quien hace poco dio una entrevista para el suplemento Domingo del diario La República: –  hace un arte “[c]uyo fin es buscar aceptar nuestros cuerpos y aprender a celebrar nuestras diferencias. Revelarnos [sic] frente al rol que cumplen las imágenes estereotipadas y construir la belleza a partir nuestras particularidades” (ver: https://goo.gl/Vywpn1). En ese arte, que bien podríamos llamar pornográfico, más que erótico, se revela un intento social desde el arte de ampliar los cánones imaginarios sobre el sexo, la sexualidad y el cuerpo que despliega la sociedad –altamente conservadora y reaccionaria– peruana. Para muestra, un botón:

El lugar de la obra de arte, como modo de expresión material del espíritu, en la sociedad no es oculto en la praxis artística de Mynerva. Hay una intención expresa de la artista por romper con aquella moral práctica peruana desbordante en machismo y conservadurismo –bastante bien retratada en la imagen anterior. Curiosamente en esta, son hombres, bio-hombres, quienes se mofan del arte de Mynerva considerando el arte griego y romanos como mejores, incluso aunque estos tuviesen desnudos (la pregunta es: ¿por qué los griegos sí y Mynerva no?), lo hacen desde una visión machista represiva: no se puede mostrar el cuerpo, el sexo y las partes sexuales mostradas en público es muestra de “estar enfermo”, le piden que no lo plasme de una manera tan “cruda” ni que lo muestre porque en Facebook también hay niños, etcétera. La confusión de niveles es, por decir lo menos, alucinante: no hay una separación entre arte –representación material– y el cuerpo –realidad material– sino que la representación –el símbolo– se asume como lo mismo que representa –lo real, de modo que se están mostrando genitales humanos. Hacer visible los genitales sería síntoma de “enfermedad” porque, se presupone, lo sexual debe reservarse a lo privado, a lo íntimo de la recámara donde el hombre puede ejercer su dominio sobre la mujer. La represión no es poco evidente: No muestres vaginas ni penes. Peor aún: No las hagas pasar como arte, porque el arte es un acto elevado del ser humano, hecho por griegos y romanos, por Miguel Ángel, que de ver esto se suicidaría. En resumen esto es lo que se muestra en los comentarios de Facebook.

Este pequeña muestra de “estudio” social nos revela aquello que podemos ver a diario en las redes sociales, en cada noticia que implique un ataque la moral establecida en una sociedad determinada. Lo interesante aquí es cómo el arte termina por mover a los actores sociales, ven anomalías en el paradigma que tienen –de arte y de sexualidad desde una estética elitista y una moral conservadora– en el arte pornográfico de esta joven artista, y quieren sobrepasarlas –las anomalías– con herramientas explicativas de su paradigma. Esto crea una disonancia cognitiva: entre lo que es y lo que debe ser, y más aún: entre lo que se muestra como debe ser y lo que creemos que debe ser. La creencia que el arte no debe mostrar los aparatos sexuales humanos y que estos tampoco deben ser mostrados per se, se ve “golpeada” por el arte pornográfico, por la representación en yeso, pintura o dibujo, de la(s) sexualidad(es) humana(s). Este conflicto de comprensión que atañe a las creencias de los actores sociales es puesto en tela juicio por obras de arte. El carácter político-social del arte hace su aparición aquí como flor en primavera: sin esfuerzos este carácter se abre paso en los espectros sociales desde la tierra artística.

Ir descubriendo nuestro cuerpo por medio del arte que se instala en la sociedad es un modo de emancipación. Si para Freud la salud de una sociedad, la creatividad y su cultura, y la energía intelectual, se podía entrever en la cantidad e intensidad de las libertades sexuales, entonces bien podríamos aceptar que si el arte pornográfico abre el camino a la crítica por medio de la disonancia cognitiva sobre las creencias de los actores sociales, por lo tanto este arte colabora en la ampliación de libertades: tanto individual como moral, pero también social. Investigar en qué medida el arte podría aumentar esa última libertad: la social, queda como una tarea a realizar posteriormente.

 

Bibliografía:

Freud, S. (1972). “Die “kulturelle” Sexualmoral und die moderne Nerviosität”. En Gesammelte Werke. Tomo VII. Fischer: Frankfurt.

 

Summary
La función social transgresora del arte pornográfico
La función social transgresora del arte pornográfico
Qué duda cabe de que el sexo y la sexualidad son hoy por hoy tópicos políticos y sociales. Clásicamente fue Freud quien abre la caja de la sexualidad para ubicarla orbitando el centro de nuestra existencia, tanto individual como colectiva. Es por la sublimación que los impulsos sexuales son encaminados a su regularidad y normatividad.